
Una sola fuente de verdad: cómo el sitio se arma solo desde el catálogo
Teníamos los servicios cargados en la base y escritos otra vez en el sitio. Cada cambio había que hacerlo dos veces, y siempre había un lugar que quedaba viejo.
La decisión más cara de un sistema con IA no es qué modelo elegís. Es qué partes dejás rígidas y qué partes dejás pensar.

Hay una tentación fuerte al empezar: si el agente es capaz de razonar, que razone todo. Le explicás el objetivo, le das herramientas y que se arregle. Es seductor porque es poco código.
También es la forma más rápida de construir un sistema que anda el ochenta por ciento de las veces y que nadie puede depurar.
Después de bastante ensayo y error, quedó así:
Si el paso se puede describir con precisión, es un paso del workflow. Comprar un dominio, generar un contrato, mandar una factura, publicar un cambio. Estas cosas tienen un orden, tienen precondiciones y tienen una definición clara de terminado. No necesitan criterio: necesitan ejecutarse bien todas las veces.
Si el paso requiere interpretar algo ambiguo, es del agente. Entender qué quiere un cliente que escribió "che, quiero algo más moderno". Decidir si una foto sirve para la portada. Redactar el texto de una sección con la voz de la marca.
El error clásico es cruzarlas. Poner al agente a decidir el orden de las fases, que es información que vos ya tenés, o poner reglas rígidas a interpretar lenguaje humano, que es justo lo que las reglas no saben hacer.
Lo interesante pasa en la frontera. Nuestro flujo es determinista: fase 1, fase 2, fase 3, con sus tareas. Pero dentro de una tarea puede haber un agente trabajando con total libertad.
Eso da una propiedad valiosa: cuando algo sale mal, sabés en qué tarea fue. No estás depurando "el agente", que es una caja donde pasan mil cosas. Estás depurando la tarea "redactar la sección de servicios", que tiene una entrada, una salida y un criterio de aceptación.
La diferencia entre esas dos situaciones, en tiempo de diagnóstico, es de horas contra minutos.
Hay un lugar donde no negociamos: el dinero y los datos del cliente. Cobrar, emitir, borrar, publicar hacia afuera. Esas operaciones nunca las decide un modelo. Las decide el flujo, y el modelo a lo sumo prepara el contenido que después una persona o una regla aprueba.
No es desconfianza en el modelo. Es que el costo de equivocarse ahí no es simétrico: un texto flojo se reescribe, una factura mal emitida a un cliente cuesta una relación.
Un pedido de cambio en el sitio de un cliente entra por chat. El agente interpreta qué quiere, que es lo ambiguo. El flujo se encarga del resto: crea la tarea, la asigna, verifica que el sitio siga respondiendo después del cambio, publica y avisa. Si en cualquier punto falla algo, el flujo sabe revertir, porque eso está escrito.
Lo interpretativo lo hace el que sabe interpretar. Lo repetitivo lo hace el que no se cansa ni improvisa. Puesto así suena obvio, pero lleva bastante tiempo llegar a esa división y bastante disciplina para no cruzarla cuando aparece el apuro.

Teníamos los servicios cargados en la base y escritos otra vez en el sitio. Cada cambio había que hacerlo dos veces, y siempre había un lugar que quedaba viejo.

Un agente que recuerda todo es un agente lento, caro y confundido. Diseñar qué se descarta resultó más difícil que diseñar qué se guarda.

Idempotencia, migraciones, borrado lógico, fallar temprano. Conceptos de hace décadas que se volvieron críticos justo cuando quien escribe el código no siempre es humano.
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